Mercado continuo

Básicamente, el país que carece de bolsa es un país en fuera de juego. De hecho, una de las primeras decisiones que tomaron los estados del antiguo bloque comunista europeo cuando dieron el salto al actual sistema económico fue crear sus propios mercados de valores, que en el imaginario colectivo son parecidos a un patio de parqué poblado por hombres y mujeres trajeados que gritan, gesticulan con vehemencia, hablan por varios teléfonos al mismo tiempo y ponen al límite la presión que sus arterias son capaces de soportar. Sí, un lugar apasionante donde se venden y se compran acciones y en el que un estornudo o un rumor pueden provocar un crac, un jueves negro, una burbuja o una explosión de euforia.

Lo cierto es que en España a la bolsa le queda muy poco de patio: los corros han sido desplazados por los golpecitos de ratón y los mensajes de correo electrónico, y los valores cotizan a la vez en los mercados de Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao, que funcionan ya como una bolsa única en la que se puede operar sin desplazamientos (de ahí que hablemos de un mercado continuo). Da igual donde se encuentre la oficina, lo importante es disponer de un ordenador portátil, una tablet o un smartphone.

Evidentemente, llegar a este punto ha supuesto un largo camino, que hunde sus raíces en los siglos xiii y xiv (entonces ya existían los títulos de deuda, las subastas y las tradicionales lonjas) y que terminó de dibujarse en 1831, año que vio nacer oficialmente a la Bolsa de Madrid (José Bonaparte, hermano de Napoleón, había intentado instaurarla hacía casi tres décadas en el corazón de la ciudad) y en el que, de alguna manera, España se subió a un tren del que no podrá bajarse jamás.

Durante sus más de 180 años de historia, en la bolsa han pasado de cotizar un puñado de bancos y empresas ferroviarias y siderúrgicas, a hacerlo alrededor de cien compañías, incluidas las que configuran el famoso Ibex-35 (las de mayor liquidez). Se han vivido días de pesadilla, como los provocados por el desastre de 1898, la crisis del petróleo o el crac de 1987, y momentos dorados, vinculados al boom del turismo en los años sesenta, las esperanzas posteriores al franquismo y los pelotazos de los noventa, década de privatizaciones y de despegue económico.

Hoy, integrada en el operador BME (Bolsas y Mercados Españoles), es un mercado moderno (recordémoslo: continuo), que puede presumir de haber sido el más importante de Europa y que empieza a asomar la cabeza después de un lustro gravemente afectado por la crisis.

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