Ley de Mecenazgo

Los inversores lo saben: en época de crisis el oro es un valor seguro… ¡pero no el único! También lo es el arte, aunque con una gran diferencia: cualquiera puede invertir en oro con solo descolgar un teléfono, pero no todo el mundo sabe comprar un cuadro. Sí, para invertir en arte hay que conocerlo, incluso amarlo.

Dicen los coleccionistas que no adquieren obras como forma inversión; de hecho, las mas grandes y respetadas colecciones no suelen reportarles ingresos a sus dueños, sino todo lo contrario: las piezas hay que asegurarlas, cuidarlas, mantenerlas y, cuando las solicitan los museos, trasladarlas, pagar las tasas… He aquí el problema principal: la legislación española que regula el mercado del arte está anticuada y diluida en varias normas distintas, e impone tasas desorbitadas a la hora de mover las obras.

Por ejemplo, cuando un coleccionista extranjero le compra un trabajo a una galería en nuestro país, tiene que pagar un IVA del 21 por ciento; por eso las ferias de arte españolas resultan menos atractivas para el inversor, quien, a la hora de hacerse con un Tapiès, por ejemplo, preferirá buscarlo en otro país donde la transacción sea más rentable, como Alemania, que aplica un impuesto 7 por ciento (aún por encima de la media europea, que se sitúa en el 3 por ciento)

Una de las tareas pendientes del Ministerio de Cultura es la renovación de la Ley de Mecenazgo, a la que los coleccionistas le reclaman incentivos que les ayuden comprar arte de modo que incluso puedan liberar al Estado del papel que ha ejercido hasta ahora. Si la adquisición de obras fundamentales para la cultura española, como un Velázquez que sale a subasta, la realiza un inversor privado con ayuda pública a cambio de que termine exponiéndola tras su muerte en una colección estatal, todo el mundo gana. Solo hace falta esa ley que motive a más amantes del arte a invertir.

El presidente del Gobierno apuesta por esta fórmula; así lo manifestó Mariano Rajoy en su primera visita oficial al Museo del Prado, con motivo de la magnífica donación que le hizo José Luis Várez Fisa a la pinacoteca. Era la primera vez que una colección privada del tamaño y la calidad de la de Várez Fisa se entregaba desinteresadamente a un centro público.

La recompensa: una sala (única en su especie) con el nombre del mecenas. Se trata de una iniciativa habitual en países anglosajones, una fórmula que conviene seguir aplicando para que, en tiempos en los que no hay dinero público para la cultura, sean otros los que, con el mismo amor e idéntica vocación de servicio público, lo hagan desde el ámbito privado.

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