El cambio climático

Con la atención centrada al cien por cien en la crisis económica, otras cuestiones que ocupaban las portadas de los medios de comunicación durante los años de bonanza han pasado no ya a un segundo plano, sino casi permanecen traspapeladas.

Algo así sucede con el cambio climático, una cuestión que parece más un acto de fe que una realidad palpable, dados los diferentes niveles de atención prestada por los gobiernos. Baste señalar como ejemplo que la principal potencia del mundo, Estados Unidos, no ha firmado el principal protocolo para la lucha contra el cambio climático, el redactado en la reunión de Kioto. A ello, hay que unir las dudas que despiertan algunos líderes políticos que no consideran que se esté produciendo un verdadero cambio climático, por más que los registros científicos demuestren variaciones en las temperaturas y, sobre todo, un aumento de CO2 en la atmósfera.

Precisamente, son las emisiones de CO2 el principal caballo de batalla que el mundo desarrollado ha decidido domar, reconociendo que se están superando con mucho los niveles aceptables (si es que hay alguno) de este tipo de emisiones. Y es ahí donde surgen los primeros problemas. Más que nada porque la revolución industrial y el desarrollo de las principales potencias económicas mundiales se apoyó en el consumo de combustibles fósiles, sobre todo, carbón y petróleo. Combustibles que se destacan por el alto índice de emisiones de CO2. Y combustibles que son la base del desarrollo de los países que están intentando situarse en el primer plano de la economía mundial. Léase, China cuyo crecimiento sostenido por encima del 7% es lo que le asegura el mantenimiento la creación de empleo, pero cuyos consumos de energía, como consecuencia de un desarrollo industrial intensivo, se han disparado en la última década.

Las limitaciones impuestas a las emisiones de CO2 van a crear un nuevo y curioso mercado. Así, aquellos países que incumplan las limitaciones tendrán que abonar las multas correspondientes. Como solución, es posible “comprar” derechos de emisión de CO2 a la atmósfera a aquellos países que no van a alcanzar sus límites. A este respecto, habrá que prestar atención a lo que ocurre con España, cuya industria tiene difícil cumplir las limitaciones.

Sin embargo, no es el único problema. La discusión fundamental en la lucha contra el cambio climático es quién debe asumir el coste que puede suponer tomar las medidas necesarias para mitigar la influencia de la actividad humana sobre el clima. Por un lado, las naciones desarrolladas optan por un reparto igualitario de los costes. Por otro, las naciones en vías de desarrollo muestran cierto rechazo a asumir los costes de algo en lo que no han participado directamente, por lo menos, hasta ahora, y que, además, puede implicar limitaciones en sus desarrollos.

Al final, como todo, una simple cuestión de dinero. Básicamente, de quién debe pagar los platos rotos. Eso sí, cuando estos ya se han roto y va a ser muy difícil recomponer los pedazos.

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